¿Detección o desarrollo del talento?

¿Detección o desarrollo del talento?

Factores que motivan una nueva orientación del proceso de detección de talentos

La identificación del talento deportivo ha evolucionado desde modelos centrados en la selección temprana hacia un enfoque que privilegia su desarrollo a través del entrenamiento, la formación y el acompañamiento del deportista. La interacción entre factores genéticos, ambientales, psicológicos y sociales, junto con la necesidad de evitar la especialización precoz y el abandono deportivo, exige comprender el talento como un proceso dinámico más que como una condición innata.
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Resumen

Podemos encontrar, en la literatura espe­cializada, que el proceso de detección de talentos ha sufrido una evolución cam­biando totalmente su orientación. De esta forma, se ha pasado de una orientación tradicional, “top-down”, en la que se ana­lizaban las características del deportista que había alcanzado altos resultados de­portivos para tratar de establecer un mar­co referencial que permitiese desarrollar baterías de tests específicas; a una orien­tación de abajo hacia arriba, “bottom-­up”, que trata de analizar la formación lle­vada a cabo por los deportistas para encontrar aquellas variables que hayan establecido diferencias entre los sujetos. En este artículo tratamos de exponer aquellas causas que han llevado a esta nueva orientación y que, en la actualidad, nos hace plantearnos el proceso de detec­ción de talentos como un proceso de formación y hablemos más, de promoción o desarrollo del talento.

Introducción

En la actualidad se observa que el término talento está siendo sustituido por el térmi­no experto. Esta nueva concepción modi­fica claramente la orientación del proceso de detección de talentos y, en la actuali­dad, se habla más de desarrollo del talen­to, promoción del talento o desarrollo de la pericia (Lorenzo, 2001, a y b; Ruiz y Sánchez, 1997; Durand-Bush y Salmela, 1994; Salmela, 1997). Esta nueva orien­tación trata de superar las innumerables dificultades que presenta la detección de talentos basada en un concepto aptitu­dinal.

Como sugiere la revisión de los diferentes modelos de detección de talentos basada en una aproximación científica, éste es un proceso dificultoso. “Aún existen muchas preguntas sin respuesta, a pesar de las numerosas investigaciones realizadas” (Marées, 1987; en G. Régnier y otros, 1993, p. 298).

Entre los diferentes factores que justifican esta nueva orientación del proceso de de­tección de talentos, entendiéndolo más como un proceso de formación, podemos destacar los siguientes:

El fenómeno de la compensación

Este fenómeno sugiere que la maestría, en un deporte determinado, puede ser adqui­rida por el individuo a través de diferentes combinaciones de habilidades, atributos y capacidades. Aquel deportista que pre­senta deficiencias en un área determina­da, puede compensar esas deficiencias con altas prestaciones en otras áreas. Bartmus y otros (1987, en G. Régnier y otros, 1993), al exponer los resultados de un estudio longitudinal realizado sobre 100 jugadores de tenis, concluyen que no existe un único criterio de rendimiento; las deficiencias en una determinada área del rendimiento pueden ser compensadas por un elevado nivel en otras.

Según Zatsiorski (1989), las característi­cas definitorias de un deportista se divi­den en compensables y no compensables; entendiendo por compensables aquellos indicadores cuyo nivel inferior puede ser compensado con un nivel elevado de los demás indicadores. Para el autor, “en la mayoría de los casos nos encontramos con indicadores parcialmente compen­sables: pequeños atrasos en el desarrollo de una de las cualidades se compensan; los atrasos grandes, no” (Zatsiorski, 1989, pp. 180-181). Y estos atrasos compensa­bles fundamentalmente se manifiestan en los deportes de situación, es decir, depor­tes colectivos y de combate.

Para Ruiz y Sánchez (1997), este fenó­meno está presente en lo que denominan estudio de la pericia en el deporte, cuan­do afirman que “es cierto que a veces se pasa por alto las decenas de miles de ho­ras que es necesario emplear en alcanzar los niveles de pericia que tanto nos asombran, así como de los innumerables mecanismos de compensación de que dispone el ser humano para suplir mu­chas limitaciones de la naturaleza y al­canzar sus metas cuando está realmente decidido a hacerlo, de forma que unas potencialidades compensan otras debili­dades” (Ruiz y Sánchez, 1997, p. 234). Este fenómeno de la compensación apa­rece intrínsecamente ligado al deseo de excelencia en el deporte y, cómo éste puede llegar a condicionar hasta tal pun­to el rendimiento, que llega a suplir en al­gunos momentos la falta de alguna apti­tud fundamental. Dentro de este fenóme­no, encontramos ejemplos claros de de­portistas que, sin reunir a priori las con­diciones necesarias para triunfar en un deporte, logran alcanzar altas cotas de rendimiento dentro de su especialidad deportiva (podemos observar, por ejem­plo, los casos de Tyron Bogues y Spud Web, que a pesar de ser jugadores limita­dos de estatura, lograron competir con éxito en la liga más competitiva de básquetbol, la NBA).

La interacción entre la herencia y el ambiente

La contribución de la herencia y del entor­no en el rendimiento deportivo aún no es del todo conocida (Malina y Bouchard, 1986; en G. Régnier y otros, 1993). Sin embargo, conocemos que ambos factores afectan el nivel del rendimiento.

Es cierto que muchos modelos de detec­ción de talentos han adoptado como crite­rios de selección o variables a observar, aquéllas determinadas genéticamente, es decir, estables en su evolución (Harre, 1978; Gimbel, 1976; en J. López Bedoya y otros, 1995). Algunos autores afirman que el estudio de la base genética de la capacidad de rendimiento podría ser el elemento que acelere la solución del pro­blema de la previsión de aptitud en el de­porte.

Muy normal ha sido esta eterna controver­sia entre si el talento nace o se hace, sien­do muchos los entrenadores y técnicos que aceptan que básicamente es la natu­raleza la única responsable de que surja un extraordinario jugador. “Negar la parti­cipación de la herencia en el desarrollo motor y en el rendimiento físico sería un error tan grave como aceptar que es la única razón de tales rendimientos” (Ruiz y Sánchez, 1997, p. 236).

Desgraciadamente, esta creencia de que el talento deportivo obedece a la ley del todo o nada, ha provocado que gran cantidad de jóvenes, con maduración tardía, hayan quedado excluidos del proceso deportivo.   Sin embargo, en la actualidad se asume el fenómeno de compensación, anteriormen­te citado, como concepto que nos permite entender que ambos factores, el genético y el ambiental, determinan el desarrollo del futuro deportista. Bouchard (1991; en Año, 1997), uno de los mayores expertos del tema, afirma que “aunque los factores genéticos pueden decirnos con mayor se­guridad las posibilidades atléticas de un niño, la relación entre las condiciones in­natas del atleta y su rendimiento posterior sólo será de un 45 %, siendo el 55 % res­tante aportado por el entrenamiento, los factores sociales y los psicológicos” (Año, 1997, p. 91).

Zatsiorski (1989), confirma este postula­do, cuando afirma que las capacidades del hombre para influir en el éxito de de­terminada actividad, se desarrollan sobre la base de la unidad dialéctica de las pro­piedades congénitas y adquiridas.

Pero tampoco debemos caer en el extre­mo contrario y responsabilizar de todo a los factores ambientales, como argumen­tan Bloom y Ericsson (1985-1993), al hablar de la importancia de los factores sociales y ambientales. Estos autores fun­damentalmente argumentan que el talen­to, las cualidades innatas, no juegan un papel determinante en el desarrollo de la experiencia; sino que, el nivel de rendi­miento alcanzado está directamente rela­cionado con la práctica acumulada, sugi­riendo que al menos son necesarios 10 años de práctica intensiva para adqui­rir el nivel de experto en cualquier dominio (Williams y Franks, 1998). Sin embargo, como bien comentan estos últimos auto­res, “aunque los investigadores puedan discutir sobre la exacta contribución de la práctica al desarrollo del deportista y de los factores ambientales, de las habi­lidades innatas, o bien sobre la interac­ción entre los factores hereditarios y el entorno, es difícil concebir que la genéti­ca no juegue ningún papel en el desarro­llo del deportista experto” (Williams y Franks  , 1998, p. 163).

Sí puede asumirse el hecho de que algu­nos factores hereditarios influyen en la ca­pacidad deportiva y que algunos son evi­denciados fácilmente. El componente ge­nético que pueda influir en el rendimiento, puede ser estimado a través de estudios con gemelos idénticos o fraternos (mono­cigóticos o dicigóticos), estudios entre pa­dres e hijos (Malina, 1986) o a través de estudios longitudinales, midiendo las va­riables seleccionadas varias veces duran­te un largo período de tiempo y calculando los coeficientes de correlación entre las di­ferentes medidas tomadas en intervalos diferentes. De esta manera, podemos cal­cular si una variable es constante. Son nu­merosos los estudios que se pueden en­contrar en la literatura sobre este tema (Klissouras, 1971-1973; Klissouras, 1993; Svarts, 1990; Malina, 1986).

Según Blázquez (1995; citando a Bou­chard, 1974), podemos nombrar como caracteres morfológicos y cualidades físi­cas con un índice de heredabilidad alto (90 %) las siguientes: altura, longitud de los huesos, la distribución de las fibras musculares, la velocidad, la velocidad de reacción, el VO2máx, la potencia aeróbica aláctica y la capacidad vital.

Mientras que caracteres morfológicos y aptitudes físicas con un índice de hereda­bilidad bajo son el porcentaje de tejido adiposo, el peso, el volumen del corazón y la fuerza.

Bouchard y Malina (1986; en G. Régnier y otros 1993), en un Simposium sobre Genética Humana celebrado en el Congre­so Olímpico en 1984, concluyen que:

  • Queda claramente identificado que el genotipo tiene mayor influencia sobre características fisiológicas y de salud.
  • Ha quedado demostrado que bajo con­diciones normales, el crecimiento físico del niño queda profundamente determi­nado por los factores genéticos, tanto en el aspecto de cantidad de crecimien­to como en el aspecto de velocidad de crecimiento.
  • Queda demostrado que la facilidad de realizar tareas motoras está ligeramente determinada por el genotipo, con quizás una mayor influencia en hombres que en mujeres.
  • Uno de los efectos más llamativos del genotipo, es la influencia que ejerce so­bre la capacidad de responder a situa­ciones extremas como es un entrena­miento intenso.

Desde el punto de vista de las caracte­rísticas psicológicas, parece que ocurre la misma controversia. Los psicólogos han discutido durante años acerca de la contribución de la genética y parece ser que algunos rasgos son más estables que otros al nacer. Según Cowart (1987, en Singer, 1988, p. 100), el es­tudio de gemelos indica esto, es decir, que algunos rasgos asociados con la agresividad y el liderazgo/dominancia están fuertemente influenciados por la genética.

La predicción del rendimiento

La detección del talento, tal y como se ha entendido durante mucho tiempo, implica necesariamente una predicción. “La pre­dicción a partir de los rendimientos se basa implícitamente en la idea de que lo realizado a los 15 años, por ejemplo, constituye una buena indicación de lo que se realizará 10 años después” (Du­rand, 1988, p. 175).

Según diferentes estudios, este postulado es erróneo. “Sólo es posible predecir un nivel de rendimiento con un margen de error aceptable, si el pronóstico se basa en una marca alcanzada cuando el de­portista está cerca de la edad de su ma­durez” (Durand, 1988, p. 176).

Ericsson y otros (1993), son de la misma opinión, cuando afirman que los tests de aptitud pueden predecir el resultado in­mediato con una correlación de 0,3; mientras que la correlación entre el rendi­miento y el éxito final desciende hasta 0,2, lo que nos indica que es una correla­ción muy baja y, por tanto, estos tests son de escasa utilidad en este sentido. Los es­tudios relacionados con este aspecto re­flejan correlaciones similares (Baird, 1985; Linn, 1982; en K. Ericsson y otros, 1993).

Dos factores tienen influencia decisiva so­bre el valor final del rendimiento: el entre­namiento y el grado de maduración. Los procedimientos de predicción se funda­mentan en la distinción entre el rendi­miento y el potencial subyacente en ese rendimiento.

Las previsiones del talento a largo plazo tienen el inconveniente de estar particu­larmente expuestas a influencias que per­judican su validez. Estos factores de in­fluencia son difíciles de evaluar en el mo­mento de la previsión, con frecuencia de­bido a su variabilidad. Incluso en el caso en que se tengan en cuenta factores am­bientales, los términos del problema no cambian. La cuota de error debida a facto­res de influencia sólo se puede reducir. Los factores imponderables que se pue­den presentar a lo largo de una carrera de­portiva extensa, hasta llegar a prestaciones de muy alto nivel, son poco menos que in­calculables.

Es importante señalar además que, en la mayoría de los casos, esta predicción del rendimiento se basa en establecer están­dares o niveles de referencia sobre pará­metros físicos o antropométricos. Está cla­ro que las características antropométricas pueden representar, gracias a su relativa estabilidad evolutiva, elementos particu­larmente idóneos para elaborar previsio­nes. Pero, como afirma Baur (1993), se trata de presupuestos necesarios pero no suficientes para obtener prestaciones al máximo nivel, porque sólo una combina­ción entre las características antropométri­cas y otras personales (matrices, psicológi­cas, cognitivas,…) podrán tener el efecto deseado.

Sin embargo, como ya hemos menciona­do anteriormente, hay más factores que influyen en el desarrollo de un talento y que determinan totalmente su evolución. Por ejemplo, Sach y Jahn (1981, en Baur, 1993) llegan a la conclusión de que “la tasa de variabilidad, sobre 39 caracterís­ticas de personalidad referidas al depor­te o generales, no dan ninguna ayuda a la previsión en el desarrollo de la carrera durante los 4 años que marcan el paso de la edad juvenil a la edad adulta” (Baur, 1993, p. 10).

Según afirma Singer (1988), los tests psi­cológicos están muy limitados en este as­pecto, ya que, por ejemplo, la actitud y motivación hacia un deporte está someti­da a constantes cambios y obstáculos y  puede cambiar al mismo tiempo que se produce el desarrollo y cambian los intere­ses del sujeto.

La validez limitada de las previsiones a largo plazo (éste es el argumento princi­pal), conlleva el riesgo de errores de dos tipos: a) sujetos no dotados pueden ser confundidos como talentos (denominados “falsos positivos”) y b) los talentos pueden ser confundidos por sujetos no dotados (llamados “falsos negativos”).

Los dos errores son relevantes cuando se trata de realizar una previsión. En el pri­mer caso, el sujeto no dotado, considera­do por error un talento, tiene incidencia sobre los costes si se le incluye dentro de los atletas a promocionar. El segundo caso tiene consecuencias más graves en cuanto el talento, considerado no dotado, viene expulsado de la promoción. Si ade­más se parte de la base de que la cuota de sujetos dotados es muy baja, el problema se incrementa.

“Es bastante inoportuno efectuar una selección precoz de los talentos con cri­terios selectivos particularmente res­tringidos, debido al riesgo muy elevado que se corre de excluir a una parte (si no todos) de los talentos de la promoción. Una propuesta válida sería aquella de usar criterios amplios, evitando que su­jetos inadecuados del todo sean inclui­dos en el grupo de promoción” (Wend­land, 1986; en Baur, 1993, p. 8). De he­cho, varios de los modelos de detección de talentos, establecen un “mecanismo de seguridad”, que les permita incluir o volver a observar a aquellos deportistas que en un primer momento no fueron se­leccionados.

La evolución y valoración de las aptitudes

Este aspecto está directamente relaciona­do con el anterior, ya que el carácter fluc­tuante de las aptitudes en curso de desa­rrollo y evolución, aumenta la impreci­sión. Fleishman y Henpel (en Durand, 1988, p. 189), han mostrado, de forma particularmente clara, que la configura­ción de las aptitudes exigidas para triunfar en una tarea se transforma en el curso del aprendizaje. “La clasificación de los suje­tos cambia en función del momento del aprendizaje y que los rendimientos en la tarea de muestra se explican mejor a par­tir de las aptitudes manifestadas al prin­cipio del aprendizaje que después de una práctica prolongada. Esto se debe al desarrollo de un factor específico para la tarea, radicalmente distinto de los fac­tores inespecíficos que sirven para iden­tificar las aptitudes” (Durand, 1988, p.190).

Esta evolución lógica y fácilmente obser­vable, consecuencia natural del entrena­miento, como plantean Bloom y Ericcson, nos presenta un primer problema que li­mita singularmente la precisión de los programas de descubrimiento: cuanto más se practica una actividad, menos puede explicarse por las aptitudes el ren­dimiento logrado en ella.

Este proceso tiende a dificultar considera­blemente la predicción de la configuración de aptitudes en el adulto, ya que ciertos factores importantes para una especiali­dad deportiva pueden no haberse mani­festado en el momento de aplicación de los tests.

Además, debemos tener en cuenta que las mediciones del rendimiento en los tests no parecen mantener la suficiente fiabilidad en el curso de los años. Cuan­do las mediciones están lo suficiente­mente cercanas (6 meses-1 año), las co­rrelaciones entre las puntuaciones son altas. Si son lejanas, por lo general, se observa una disminución de las corre­laciones (Claessens y otros, 1983; Halverson y otros, 1982; en Durand, 1988).

Otro factor interesante a tener en cuenta es que, en un intervalo de tiempo similar, los rendimientos son tanto más estables cuanto más avanzada es la edad de los in­dividuos. Y, por último, debemos incluir el hecho de que a medida que se aplica los tests, en los diferentes momentos, se está produciendo un aprendizaje de los mis­mos y esto puede plantear ciertas dudas sobre la fiabilidad de los procedimientos de los tests.

Parece, por tanto, claro que la predicción de los rendimientos sigue constituyendo un problema complejo y que aún queda lejos de ser solucionado.

Sin embargo, como afirma Durand (1988), no debe considerarse insoluble y se pueden establecer ciertos mecanismos para facilitar ese proceso, entre los que señala los si­guientes:

  • Parece indispensable efectuar un am­plio estudio longitudinal de la evolución de las estructuras matrices, desde la in­fancia hasta la edad adulta, así como de las épocas de aparición y estabiliza­ción de las aptitudes.
  • El método de predicción no debe ser “todo o nada”, es decir, el pronóstico no se efectúa con mucha anticipación. En realidad, no se efectúa una sola opera­ción puntual de selección/descubri­miento, sino que se procede por evalua­ciones repetidas del potencial de los atletas (citando a Léger y Montpetit, 1985).
  • Parece interesante emplear pruebas so­bre el terreno. Estas pruebas son “pluri­factoriales” y se relacionan con factores vinculados con la práctica y el entrena­miento en una especialidad y constitu­yen una suerte de actualización de las aptitudes en una situación cercana a la actividad deportiva.

En este sentido, Gutiérrez Sainz afirma que “los tests que dan una mayor infor­mación acerca del nivel de juego de un sujeto, son aquellos que implican la rea­lización de una determinada acción que tiene como ámbito de aplicación la pro­pia cancha… Queremos decir con esto, que si bien la exploración activa o siste­mática puede ser efectiva, las pruebas que realmente informan de la capacidad del sujeto son las que se llevan a cabo dentro del terreno de juego” (Gutiérrez Sainz, 1990, p. 53).

La promoción del talento por medio de la coordinación del currículum

Como bien afirma Baur (1993), cada vez se ve de manera más evidente que la opti­mización del entrenamiento de los niños y los jóvenes no es sólo un problema de me­todología del entrenamiento en sentido ri­guroso. Las posibilidades y los límites del esfuerzo en el deporte son determinados de manera notable por el contexto.

El entrenamiento actual plantea un evi­dente problema de coordinación entre los requerimientos del deporte de alto nivel y el resto de las ocupaciones cotidianas del deportista. Este aspecto representa que la exigencia del deporte de competición debe ser coordinada con las otras activi­dades de la vida del niño y del adolescen­te. Solamente cuando se alcanza un equi­librio satisfactorio entre las diversas exi­gencias de la vida cotidiana del sujeto, la promoción del talento deportivo puede te­ner éxito.

Se puede observar que durante las déca­das de los setenta y ochenta, tratando de optimizar el entrenamiento, se produjo una tendencia a aumentar el tiempo de entrenamiento en algunas especialidades deportivas.

Este aumento del tiempo de entrenamiento, normalmente, se conse­guía gracias a una disminución del tiempo libre de los niños y los adolescentes.

Del mismo modo, el inicio de la competi­ción en los adolescentes plantea serios problemas de coordinación con las activi­dades escolares. El seguir en esta línea, tratando de establecer una prioridad o considerar uno alternativo respecto al otro no puede ser admisible, ya que eso nos lleva a la disminución clara de la pobla­ción deportista. De hecho, no es posible anteponer el deporte de competición a la educación escolar o profesional.

Por lo tanto, en la actualidad se propone un control más meticuloso de los entrena­mientos, con el fin de reducir la duración a través de una “programación económica­mente concentrada” (Baur, 1993) y  con­seguir de esta forma, compatibilizar el en­trenamiento con el resto de las activida­des lógicas de los deportistas adoles­centes.

Esto implica directamente a los entrena­dores, ya que no se deben limitar a organi­zar los entrenamientos, sino que deben ampliar su campo de actuación y preocu­parse de las condiciones externas, contex­tuales de los deportistas para coordinar las actividades del entrenamiento con el resto.

El abandono prematuro de la actividad

Es muy probable que el inicio precoz de un entrenamiento orientado a la competi­ción, lleve el problema asociado del aban­dono deportivo prematuro. Es decir, de­portistas con 15-16 años, que desarrollan su actividad deportiva dentro de una úni­ca disciplina desde hace 8-10 años, no son capaces de continuar con fuerza y so­portar cargas de entrenamiento cada vez más elevadas. En estos casos, el deportis­ta no tiene la constancia necesaria para esforzarse por muchos años hasta la edad de máxima prestación.

 Varias publicaciones han tratado este problema poniendo el acento sobre la “pérdida de motivación” y sobre la “es­pecialización precoz”, ofreciendo multi­tud de cifras representativas. Tschiene (1979), en una reflexión crítica sobre el sistema de detección de talentos, pro­fundizando en los deportes de natación y atletismo, confirma que los mejores na­dadores del mundo hasta los 15 años tienen resultados mediocres compara­dos con los nadadores de su misma edad. Por el contrario, aquellos que te­nían buenos rendimientos a los 15 años, dejan de alcanzar altos niveles y son posteriormente superados. En Baur (1993), aparece reflejado un estudio realizado por Kroger (1986), en el que se puede leer que la tasa de “muertes deportivas” va del 30 al 90 %, en fun­ción de la disciplina deportiva y la edad. Autores como Bloom (1985) confirman que durante la segunda fase de desarrollo del talento se produce una disminución de la población deportiva, sobre la idea de que los resultados obtenidos no se corres­ponden con las expectativas creadas. Csikszentmihalyi y Robinson (1986, en Salmela y Durand-Bush, 1994) proponen estudiar esta problemática desde una perspectiva psico-social. Para ellos, en la transición del estatus de adolescente a adulto se producen tres crisis importan­tes: la primera, de identidad; la segunda, de intimidad y  la última, de productivi­dad, siendo percibidas como momentos en el que los individuos pueden decidir reestructurar su vida asumiendo nuevos caminos y objetivos.

Para estos últimos autores, el desarrollo de la pericia está asociado, entre otros facto­res, a: a) el reconocimiento social de su don; b) la consecución de recompensas y, por último, c) las experiencias positivas ex­perimentadas por los jóvenes deportistas.

En el momento en que dejan de aparecer experiencias positivas y surjan situacio­nes poco atractivas (como pueda ser jugar pocos minutos, perder varios partidos o competiciones), o bien no aparezcan nin­gún tipo de recompensas, o bien este tipo de recompensas no se asemejan con las esperadas, surge la necesidad de rees­tructurar la vida personal y buscar otras actividades que produzcan ese tipo de ex­periencias.

Además de los problemas citados ante­riormente, es necesario destacar otro tipo de dificultades surgidas de la propia evolución de la sociedad. Para Baur (1993), el problema del reclutamiento de los talentos tendrá prioridad sobre aquél de la selección de los talentos. Esto obligará a prestar más atención a problemas como puedan ser la disminu­ción experimentada de la tasa de natali­dad (tan acusada en algunos países oc­cidentales, como puede ser el caso de España en la actualidad), el surgir de una cultura alternativa del movimiento que no necesita de un proceso de entre­namiento ni busca obtener los mejores resultados, o la propia competencia entre las distintas especialidades de­portivas que cada vez es más fuerte, consecuencia de los dos factores men­cionados anteriormente.

Todos estos aspectos señalados anterior­mente, justifican la nueva orientación del proceso de detección de talentos y  de ahí que se hable más de desarrollo o vigi­lancia del talento.

Un aspecto tratado en el Simposium sobre Problemas de los Talentos en el Deporte (Bartmus y otros, 1987, en G. Régnier y otros, 1993), consistió en que dada la dificul­tad del proceso para encontrar variables o criterios objetivos, los esfuerzos de la in­vestigación debían ser cambiados y cen­trarse, en vez de en la detección del talen­to, en la promoción del talento y su desa­rrollo, o lo que podemos llamar de otro modo, “vigilancia del talento”.

“Una búsqueda del talento basada en métodos científicos es aún problemática…, una selección basada en el éxito en competición y, especialmente, en el ojo del entrenador es más importante” (Ulmer, en Bartmus y otros, 1987, p. 415; en G. Régnier y otros, 1993). Estos comentarios sugieren que la detección de talentos basada en criterios objetivos es aún una utopía.

La alternativa propuesta es utilizar una vi­gilancia más estrecha del desarrollo de los deportistas previamente identificados como talentos por expertos en el campo, como son los técnicos. Sin duda, este as­pecto viene a confirmar la idea y el con­cepto de que es más importante la promo­ción o desarrollo del talento deportivo que su propia identificación, lo cual de nuevo nos plantea el hecho de entender este pro­ceso como un proceso de formación de deportistas, donde la clave reside en un entrenamiento riguroso y de acuerdo a las características de cada deportista.

Yendo aún más lejos, Baur (1993), pro­pone que “la planificación y organización de los entrenamientos, así como la es­tructuración de los mismos en una pers­pectiva más amplia, la ayuda personal a los atletas adolescentes y la creación de un ambiente extradeportivo lo más favo­rable para el deportista, están dentro de las obligaciones del entrenador. Éste es y será el “punto de encuentro” decisivo para la realización práctica de todas las actuaciones para la promoción del talen­to” (J. Baur, 1993, p. 18).


°Alberto Lorenzo Calvo. Es Doctor en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte. INEF de Madrid.


  Referencias bibliográficas a disposición de los lectores.

* Artículo extraído de la revista española “Apunts”  N° 71.

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