La educación en la construcción del proyecto de nación

La educación en la construcción del proyecto de nación

La educación constituye un pilar fundamental para el desarrollo de las personas y la construcción de un proyecto de nación. Recuperar la cultura del esfuerzo, jerarquizar el conocimiento, fortalecer el rol del docente y reafirmar la función formativa de la escuela son condiciones esenciales para enfrentar los desafíos sociales, culturales y democráticos del presente.
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Constituye para mí un motivo de especial satisfacción y orgullo el haber sido invitado a inaugurar este concurrido encuentro. El hecho de que sean tantos los asistentes, inespe­radamente para mí, agrega una nota de optimismo porque indica que son muchos quienes se sienten convocados por esta cuestión tan trascendente para el país. En estos mo­mentos resulta esencial repensar la educación porque es esencial para el desarrollo, ya que no hay posibilidad alguna de progreso de las personas, ni del conjunto social, si no hace­mos una inversión importante de dinero y de esfuerzo en educación.

Me propongo presentar algunas ideas para la posterior discusión, relacionadas con el conjunto de problemas que hoy plantea la tarea educativa en la Argentina. Espero que las afirmaciones provocativas que he de plantear, cumplan con la finalidad perseguida de estimular el intercambio de opiniones en las mesas de diálogo sobre las que está estructurado este encuentro.

Iniciando esa provocación, afirmaré que en la Argentina la educación no interesa a nadie. Más allá de lo que digamos en los discursos acerca de la importancia de la educa­ción, señalando que ingresamos a la sociedad del conocimiento, en los hechos concretos nuestra sociedad no demuestra preocupación por la educación. Eso no significa que no estemos interesados por la acreditación de los logros educativos, sino que despreciamos el esfuerzo que debería concretarse en esa certificación. Es preciso reflexionar sobre esta cues­tión para encontrar alternativas que permitan volver a instalar en nuestra sociedad la idea de que la educación es esencial y, sobre todo, inseparable del esfuerzo. Educarse es un tra­bajo difícil, complejo, que hace uno con uno mismo, interesado por los demás en el conocimiento, ayudado por ellos, pero, en esencia, una labor personal que demanda esfor­zado trabajo. Esta dimensión del esfuerzo, al que resulta esencial referirse en el contexto de un encuentro sobre valores, se está perdiendo en todos los campos de la realidad so­cial y, especialmente, en la educación.   

En la sociedad actual la educación se va convirtiendo gradualmente en una activi­dad vinculada con el espectáculo, una tarea en la que se pretende que niños y jóvenes la pasen lo mejor posible, en la que sean lo menos exigidos que resulte posible.         ­

En la sociedad actual la educación se va convirtiendo gradualmente en una activi­dad vinculada con el espectáculo, una tarea en la que se pretende que niños y jóvenes la pasen lo mejor posible, en la que sean lo menos exigidos que resulte posible. Lo que se busca es que, a cambio de los años que dedican a la actividad escolar, reciban la certifica­ción de algo que, en muchos casos, no han hecho. Una demostración clara de esta actitud se encuentra en las numerosas provincias argentinas en las que, por diversos conflictos, no se han dictado clases durante meses e inclusive en todo un ciclo lectivo. En esas circunstancias, el reclamo social no consiste en la recuperación del saber perdido, sino en la acreditación del esfuerzo no realizado. No hay situación más hipócrita que decirle a un niño o a un joven que ha aprobado algo que no hizo. Es esa una clara demostración de la visión generalizada en la sociedad en relación con este tema. Esto se advierte también en la actitud social frente a la institución educativa.

Parecería que ésta posee un bien al que nosotros, como usuarios, tenemos un derecho adquirido a un bien que se nos niega, ya que para acceder a él se ponen trabas, dificultades a ser vencidas. De allí el objetivo de elimi­nar esas trabas. El problema es que lo que se interpreta como dificultad y opresión cons­tituye la esencia de la escuela: el esfuerzo, el trabajo, la exigencia, dimensiones que se es­tán perdiendo aceleradamente en nuestro sistema educativo. Esa es la razón por la que, así como antes los padres concurrían a la escuela para ver qué habían hecho sus hijos, hoy lo hacen para ver qué le han hecho a sus hijos.

Uno de los principales objetivos que se ha fijado el sistema educativo actual es el de conservar a los jóvenes dentro del mismo. Sin duda se trata de una aspiración importan­te ya que, evidentemente, es mucho mejor que estén en la escuela a que vaguen por la ca­lle. Pero lo realmente significativo es que estén en la escuela haciendo lo que se hace en las escuelas: aprendiendo, trabajando. Cuando la exigencia académica disminuye y en mu­chos casos hasta desaparece de la escuela, se genera una situación que atenta contra la es­tructura misma de la institución. Si se pretende proteger a niños y jóvenes, se podrían crear clubes deportivos en lugar de escuelas, porque la esencia de estas reside en el saber. Esa idea persiste en los grupos más desfavorecidos de la sociedad argentina, que continúan vien­do a la escuela como un importante factor de movilidad. Hoy confía mucho más en la edu­cación la gente más pobre que quienes pertenecen a grupos más favorecidos que ya no con­ciben a la educación como un esfuerzo que valga la pena realizar. Eso no significa que no se busque acumular la mayor cantidad de diplomas y credenciales posibles porque se con­sidera que estas acreditaciones son un salvoconducto para acceder a un mercado de tra­bajo cada vez más competitivo y difícil. Pero no se exige que ellas estén sustentadas en el esfuerzo requerido para educarse.

 El problema es que lo que se interpreta como dificultad y opresión, cons­tituye la esencia de la escuela: el esfuerzo, el trabajo, la exigencia, dimensiones que se es­tán perdiendo aceleradamente en nuestro sistema educativo.

Tiempo atrás, visitando el Estado de Israel, entrevisté a una profesora de matemá­tica. Se trataba de una experta internacional en el tema a quien pregunté acerca del ren­dimiento en matemática de los jóvenes israelíes. Me respondió que se encontraban en el promedio de las comparaciones internacionales, destacando que este hecho representaba una grave preocupación porque el Estado de Israel está basado en la ciencia y en la técni­ca. El que sus jóvenes no se destaquen en las disciplinas relacionadas con la abstracción, tal el caso de la matemática, constituye allí un problema político de primer orden. Esto me sugirió las diferencias con la Argentina donde no parecería que nadie pensara que el bajo rendimiento académico puede ser un problema político. Si bien nuestros estudiantes tienen un buen desempeño en las Olimpíadas de Matemática, en su conjunto los jó­venes tienen graves dificultades para hacer simples procesos de abstracción, hasta para cal­cular un porcentaje. Así se podría continuar con numerosas demostraciones de nuestra falta de interés por el logro académico.

Parecería que no advertimos que si realmente queremos entrar en este mundo del conocimiento, como conjunto social tendríamos que poner mayor esfuerzo en señalar que se trata de un objetivo importante tanto para las personas como para la sociedad toda. En­fatizo esta cuestión porque pienso que todo el panorama educativo argentino refleja ese desinterés básico, esa desvalorización de la actividad de las instituciones educativas. Los docentes tienen bajos salarios porque en realidad a nadie le interesa mucho lo que hacen. En algunos casos tienen escasa preparación porque la actividad que desarrollan no es con­siderada como muy trascendente. En muchas ocasiones, al hablar con estudiantes que con­cluyen su educación media les sugiero que le comuniquen a sus padres que han cambia­do de idea, que en lugar de estudiar administración de empresas, han decidido ser maestros o profesores. Les anticipo que, al mirar la expresión de sus padres ante tal afirmación, obtendrán la mejor radiografía de la hipocresía de la sociedad argentina, que si bien afirma que no hay nada mejor que el maestro o la maestra, se resiste a que sus hijos cumplan el papel de segundos padres de otros niños.

Por eso considero que si no logramos volver a prestigiar la figura del docente,  reins­talando la importancia de la educación, todo lo que discutamos será inútil porque, en última instancia, la tarea del docente, el enseñar y el aprender, es el resultado de la in­teracción entre personas que depende de la calidad de ellas. No confiemos en que la ta­rea docente quedará a cargo de las máquinas, especialmente la educación esencial. No deberíamos privar a nuestros niños y jóvenes del contacto con los verdaderos maestros que son las personas. En última instancia, son éstas las que transmiten el interés por el conocimiento, las que lo encarnan. De modo que deberíamos preocuparnos más por la calidad de los profesores de historia, de matemática, de filosofía, de lengua, que por los laboratorios de computación, los gabinetes de idiomas o los campos de deportes de las escuelas. Volvamos a centrar la actividad escolar en aquello para lo que ha sido conce­bida. Hoy la escuela realiza muchas actividades que poco tienen que ver con sus fun­ciones específicas. En muchos casos, esta tarea resulta bienvenida, sobre todo cuando se presta asistencia a los grupos más desfavorecidos, que de alguna manera encuentran apoyo para satisfacer necesidades elementales. Pero, cuando se habla de satisfacer ne­cesidades elementales, es preciso no olvidar que el acceso al conocimiento es una nece­sidad primaria. Resulta fundamental garantizar que la gente acceda a las herramientas del pensar y lo es por muchas razones, entre otras, para la construcción de una socie­dad democrática cada vez más sólida, que comprenda mejor los dilemas tan difíciles y sofisticados que hoy enfrentamos.

En el esfuerzo que realicemos por educar mejor a más gente, se decide el futuro del país como construcción social. Es preciso cohesionar a la gente de alguna manera en tor­no a la idea de Nación ya que insistir en la  entidad nacional a través de la educación si­gue siendo tan importante como antes, aunque se le preste menos atención. Resulta alarmante la ignorancia de nuestros pobres chicos, por responsabilidad nuestra, acerca del pasado argentino, de nuestros orígenes.

Hoy confía mucho más en la edu­cación la gente más pobre que quienes pertenecen a grupos más favorecidos, que ya no con­ciben a la educación como un esfuerzo que valga la pena realizar.

Una cuestión que creo merece ser analizada es la convicción contemporánea de que la educación debe cambiar permanentemente. Deberíamos revisar esta idea del cambio per­manente, de la modernidad, que nos lleva a afirmar que estamos mal porque la educación es antigua. La crisis de la educación argentina no está asociada con la frontera del saber, sino que reside en la retaguardia del conocimiento. Lo que estamos dejando de enseñar son los fundamentos básicos, imprescindibles para estructurar una persona.

Resulta fundamental garantizar que la gente acceda a las herramientas del pensar y lo es por muchas razones, entre otras, para la construcción de una socie­dad democrática cada vez más sólida, que comprenda mejor los dilemas tan difíciles y sofisticados que hoy enfrentamos.

Cuando se pro­pone a un grupo de estudiantes universitarios de lugares favorecidos -que han recibido una educación reputada como buena, la mitad proveniente de colegios de gestión estatal y la mitad de colegios de gestión privada – ordenar cronológicamente distintas persona­lidades históricas, se comprueba que sólo logran hacerla tres de cada diez. Pero no es im­portante sólo cuán pocos lo hacen, sino qué es lo que contestan: hay jóvenes de veinte años de edad promedio que afirman que Jesucristo es bastante posterior a Napoleón. Se trata de un dato que está correctamente consignado en los libros, pero que no está internali­zado en las personas. Olvidamos que, cuando una persona actúa, lo hace con lo que tie­ne adentro. Esta idea contemporánea de que el saber está separado de los individuos, que basta con que cuenten con las herramientas para acceder al conocimiento, debería ser re­visada pues nos está llevando a no enseñar nada concreto, ni exigir que se aprenda, por­que suponemos que esto está en constante mutación. Sin embargo, como gran parte del mundo concreto y de las ideas permanece, considero que no debiéramos privar a nues­tros jóvenes de la experiencia educativa que les permita descubrir las posibilidades que en­cierran en su interior. Precisamente, esa experiencia deja en las personas la amplitud de ho­rizontes y en ella se cifra la esencia de la educación.

El acceso a esa experiencia es el que estamos dificultando hoy a nuestros niños al considerar que debemos privilegiar la estimulación, la creatividad y otras condiciones que posiblemente desarrollemos. Lo que es cierto es que estamos dejando ya varias genera­ciones a merced de una notable ignorancia que las deja a merced de un mercado despia­dado que apunta a las reacciones primarias, a la respuesta emotiva. Por esa razón, la cul­tura contemporánea está siendo modelada fundamentalmente por los medios de comunicación que, en general, nivelan hacia abajo al apelar a la emotividad, a lo senci­llo, a las respuestas más básicas y primarias. Para mostrar los niveles más elevados del pen­samiento, la abstracción, la reflexión y la argumentación, debemos seguir apostando a la escuela. Sería un grave error que priváramos a los chicos y a los jóvenes de esa experien­cia que les muestra que hay otra cosa.  Que el ser humano es capaz de otros logros ade­más de la superficialidad, de la banalidad, de la grosería que les mostramos todos los días por las pantallas, además de lo que aprenden de esos “maestros” que los reclaman a dia­rio, exhibiendo su ignorancia sin siquiera saber que son ignorantes. Hoy se recurre a la expresión grosera no ya para marcar un énfasis, sino solamente porque estamos ante un profundo desconocimiento de la lengua.

Tiempo atrás, luego de una exposición similar a ésta ante los responsables de las emi­soras de televisión por cable, me preguntaban qué podrían hacer para mejorar. Sugerí en­tonces que una medida sencilla y de gran impacto educativo sería garantizar que quien enfrente un micrófono o una cámara de televisión maneje bien nuestra lengua. Si se hablara correctamente en la radio y la televisión se produciría una revolución educativa en la Ar­gentina. Si bien deberíamos preocuparmos por garantizar la más absoluta libertad de ex­presión, debiéramos velar también por la calidad de esa expresión, porque los medios de difusión masivos son los que hoy construyen en gran medida el interior de nuestras per­sonas. Así como nos preocupamos por la calidad de los alimentos que consumimos, tam­bién deberíamos preocuparmos por la calidad de las expresiones que escuchamos y que trans­mitimos a nuestros chicos.

Una cuestión que creo merece ser analizada es la convicción contemporánea de que la educación debe cambiar permanentemente. Deberíamos revisar esta idea del cambio per­manente, de la modernidad, que nos lleva a afirmar que estamos mal porque la educación es antigua. La crisis de la educación argentina no está asociada con la frontera del saber, sino que reside en la retaguardia del conocimiento.

Esa es la verdadera formación que están recibiendo. Por eso la educación, hoy más que nunca, debe ser una tarea contracultural. Así como en la épo­ca de Sarmiento, se incorporaba a los inmigrantes de otras culturas, hoy la escuela debe incorporar a la corriente de la creación humana a los inmigrantes de esta omnipresente cul­tura de la vulgaridad que se impone por doquier. Tendríamos que atender este requeri­miento porque nuestros chicos tienen derecho a conocer, a recibir esa herencia que se ha acumulado durante tantos años y que representa lo mejor que ha logrado construir el ser humano.

Muchas corrientes pedagógicas contemporáneas apuntan al desarrollo de proce­sos en abstracto, sin afirmarse en el conocimiento concreto.

Por eso no debiéramos tener temor a lo antiguo, porque muchas de las cosas anti­guas apuntan a aspectos esenciales. ¿Se han preguntado por qué uno puede tomar en sus manos un libro escrito hace más de 2000 años y entablar un diálogo con quien lo escribió? ¿Por qué pueden llegar a nuestra sensibilidad obras artísticas creadas hace varios siglos? Lo hacen porque apuntan a algo que permanece estable en el hombre. A eso permanen­te debe dirigirse esencialmente la educación, a descubrir a los chicos lo estable en un mun­do fugaz como el nuestro, que sólo valora la velocidad, lo efímero, lo nuevo.  Pero ade­más de eso efímero, de eso fugaz, de eso nuevo, haya nuestro alrededor mucho de permanente que está íntimamente ligado a los valores y que debe ser enseñado.­

Es preciso que como padres, como maestros y como profesores tengamos el cora­je de enseñar. En Francia se ha creado recientemente una asociación de profesores que se llama “Osar enseñar”, porque hoy parecería ser que tratar de enseñar algo, intentar poner a los jóvenes en posesión de esa herencia tan rica, representa una imposición a ser des­terrada. Muchas corrientes pedagógicas contemporáneas apuntan al desarrollo de proce­sos en abstracto, sin afirmarse en el conocimiento concreto.

Para ello debemos convencer también a nuestros chicos y a sus padres, de que la escuela no es una instancia en la que la prioridad es pasarla bien, de la manera más entre­tenida y enfrentando las menores exigencias posibles. La escuela no es la guardería ilus­trada en la que se está convirtiendo. Es el lugar en donde se realiza el trabajo, difícil, com­plejo e importante de educarse. Lo que se hace en la escuela no resulta irrelevante para la realidad, como se tiende a pensar ahora al afirmar que tiene poco que ver con el mundo. Considero que es ésta una posición errónea ya que la tarea esencial de la escuela continúa teniendo que ver con el mundo. El mercado de trabajo sigue requiriendo gente que se­pa leer y escribir, que entienda lo que lee – sólo el 50% de los jóvenes argentinos que com­pletan la escuela media comprenden lo que leen – que tenga cierta capacidad de abstrac­ción. Tareas sencillas, simples, las que la escuela siempre buscó desarrollar. No es cierto que haya nuevos y grandes conocimientos que hoy la escuela no proporciona. Lo que no da son las competencias básicas, lo que necesita ser conocido. En este contexto es preci­so analizar la significación de la educación media, que atraviesa una grave crisis en la Ar­gentina. Carente de sentido, se ha constituido en una especie de período en el que los chi­cos hibernan sin hacer nada muy concreto, salvo organizar el viaje de egresados, objetivo fundamental, casi central de la educación media.

Es preci­so analizar la significación de la educación media, que atraviesa una grave crisis en la Ar­gentina. Carente de sentido, se ha constituido en una especie de período en el que los chi­cos hibernan sin hacer nada muy concreto, salvo organizar el viaje de egresados, objetivo fundamental, casi central de la educación media.

Mediante estos comentarios deshilvanados, poco académicos y escasamente forma­les, he pretendido esbozar la esencia de un problema que tiene poco de académico y de formal, pero que resulta de la profunda pérdida de significación de la educación en la so­ciedad argentina y, fundamentalmente, en su dirigencia.

En Francia se ha creado recientemente una asociación de profesores que se llama “Osar enseñar”, porque hoy parecería ser que tratar de enseñar algo, intentar poner a los jóvenes en posesión de esa herencia tan rica, representa una imposición a ser des­terrada.

Hace poco, los rectores de las Universidades Nacionales tuvimos oportunidad de con­versar con el Presidente de la Nación sobre estas cuestiones. En su extensa exposición pu­so de manifiesto un conocimiento muy profundo del tema y demostró su compromiso con la educación. Pronunció dos frases que me impresionaron. Dijo: “Necesitamos re-cere­brar la Argentina”. Que se vuelva a pensar en el cerebro del país es una idea muy feliz ya que debemos emprender el enorme esfuerzo que demandará construirlo. Se trata de una tarea que requerirá enormes sacrificios, tanto a las personas como a la Argentina en su con­junto. Es preciso que realicemos una mayor inversión en educación y, en ese sentido, los anuncios recientes son importantes porque marcan una dirección.

La otra idea que me impresionó es la que encierra su frase: “Los países importan­tes discuten temas importantes”. Estoy convencido de que esto es así y por eso me pare­ce tan trascendente que en un encuentro como éste, se discuta un tema tan importante co­mo el de la educación.


*  Rector de la Universidad de Buenos Aires.


 Artículo extraído del libro LA EDUCACIÓN. Valores, pensamiento crítico y tejido social. Coautores:  Dr. Guillermo Jaim Etcheverry, Dr. S. Kovadloff, Dr. T. Di Tella, Dr. J.C. Tedesco, Mons. Alfredo Zecca, Dra. M.A. Gelli, Lic. D. Filmus, Dr. H. Sanguinetti.  Publicado por la  Asociación Cristiana de Jóvenes, YMCA, de Buenos Aires, Argentina, en el año 2003.

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